Durante el invierno la tierra descansa. Quizás el ir y venir de los animales aprovecha de ella el poco de pasto que nace entre los rastrojos de las anteriores cosechas.
Pero no es tiempo perdido. La chala y los desperdicios se van incorporando nuevamente a la tierra de la que habían surgido. Incluso puede ser que con una arada superficial se pueda triturar el follaje viejo, esponjando la tierra. De esta manera se la puede poner en total disponibilidad para recibir el sol, el aire y el agua de las lluvias que vienen del cielo.
Mirando desde el alambrado, el lote parece un campo abandonado e inútil. La crudeza del invierno no da mucha oportunidad para que allí crezca nada verdaderamente importante. Las únicas que parecen poder convivir con las heladas son algunas de las malezas oriundas de esta misma región.
Porque nuestra tierra, además de los proyectos de siembra del hombre, tiene su propia historia de la que han quedado poderosas semillas, resistentes y difíciles de exterminar. Malezas que incluso aprovecharán de los laboreos para aparecer con toda su fuerza, discutiendo al grano bueno la vitalidad del suelo que sienten como propio. Su cualidad silvestre, y sobre todo su inutilidad, les permiten sobrevivir a los ciclos de siembras y siegas.
Quizá no aparezcan en cantidad, salvo cuando las circunstancias le sean favorables. Pero semillan con tal profusión que, el humus fecundo está invisiblemente infestado de ellas. Y cuando se remueva la tierra, aparecerán también las malezas con toda su vitalidad. Desde el fondo de los tiempos sus ciclos se han consustanciado con los del clima del lugar, y en igualdad de condiciones, llevan las de ganar.
Hacia el final del invierno, al que mira desde afuera, tal vez solo se le ofrezca la visión de un campo mantenido en la esterilidad e invadido por la maleza. Sobre todo cuando la primavera irrumpe en los árboles, aflorando la vida con fuerza. Se hace difícil entender el silencio del sembrador que continúa en su espera. Pero es necesario saber, que su hora no ha llegado todavía.
La tierra aún está fría y la agresión de las heladas podría echar todo a perder si una imprudente impaciencia adelantara el momento de la siembra. El maíz es una planta con muchísima fuerza, pero es delicada. Tiene su momento, su kairós. Y, aunque sea dolorosa la espera, es indispensable la sabiduría de saber esperar.
El barbecho, mientras tanto, no es un tiempo inútil. Porque, de una manera invisible a los ojos, pero muy real, se da en él un proceso de fermentación que aumenta la disponibilidad de su capacidad fecunda. Lo que quedó de los ciclos anteriores, se asimila lentamente y se incorpora a la fertilidad que será la acogida de la siembra nueva. El dolor de asumir lo perdido, puede ser la mejor manera de estar disponible para el don gratuito de lo que se espera recibir.
Es el tiempo del barbecho. Tiempo de unificación, previo a la disponibilidad. La tierra reconoce su pobreza y se abre al cielo, tratando de guardar el agua que recibe de él. Más que hacer ella misma, tiene que aceptar que ciertas cosas sucedan en ella. En el deshacerse de las cosas muertas que vivieron en ciclos anteriores, va poniendo en disponibilidad su sustancia e incorporando otras nuevas.
Pero no es un trabajo solitario. Ni siquiera algo pasivo. Es simplemente íntimo. El sol, el aire y la lluvia están en un diálogo intenso con la tierra. Humedecida por el llanto del cielo, la tierra empapada queda abierta a las caricias de un sol que la entibia, permitiéndole que el oxígeno queme sustancias muertas y el nitrógeno se incorpore a su savia.”
P. Mamerto Menapace
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