El tiempo se detuvo por decisión de una persona en un contrato de dos partes.

Y pasaron treinta años, cuando se vuelve al punto en el tiempo interrumpido.
Todo cambia, pero lo bueno queda enterrado como tesoro escondido, con promesa de volver. Promesa que no se sabe si se ha de poder cumplir.
Desde aquel día que el segundero se paró, pasaron muchas cosas. Todas muy buenas a la vista del hoy.
Algunas. Casarse, tener hijos, superar el miedo a la batalla del primer hijo frente a la muerte, la muerte de una hija y los miedos frente al por nacer, son pruebas que Dios existe, escucha.
Todas cosas a primera vista malas, que al correr del tiempo, todo es gracia, todo es «gracias».
A no sé cuantos miles de pies de altura, agitado por divina turbulencia, la adrenalina del piloto vuelve a sentirse.
Y es el lugar, el espacio, en el cielo, a la distancia, donde todo vuelve a verse con los ojos de hace treinta años.
Treinta años pasaron del cambio de plan de vuelo rumbo a lo desconocido. Destinos inciertos que valieron la pena.
Ahora, a desenterrar ese tesoro escondido hace treinta años.
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