No hay nada malo en esta vieja frase.
Se empleaba, y todavía se emplea, para decir de una persona que hace una cosa y luego otra, y luego otra pero sin un destino determinado.
El viento no se sabe para donde sopla. Un día para acá, otro para allá, otro de remolino y hasta puede darse que se de en un día todo junto.
Es dificil, nunca es imposible, dejar que algo no suceda. Es difícil encerrar al viento.
El viento sopla, como si fuese un espíritu; algunos no se atreven a escribir que «el espíritu lleva como si el viento fuese sus manos».
Se me viene la idea a la cabeza de entrar a una cabaña y tratar de cerrar la puerta contra un viento capaz de arrasar con todo. Tarde o temprano ese espíritu triunfa frente al que se hizo débil.
Y así es el liderazgo. Fortaleza, persistencia, conocimiento quasicertero (casi certeza), decidido, misericordioso, implacable.

Por eso se habla de «espíritu de liderazgo»
Para los católicos, estando pasando la Pascua -estamos en octava-, habiendo vivido y sentido la muerte del Papa Francisco, a las puertas de un nuevo cónclave (asamblea de cardenales que eligen entre alternativas al sucesor), esto del espíritu es dejarse llevar. Es ir «para donde sopla el viento».
Pero no dejarse llevar para cualquier lado y es por eso que existe un proceso llamado discernir.
Nos seguimos leyendo.
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