Una vez una familia tuvo la idea de hacer una mesa para el jardín con las maderas que sobraban de varias cosas que andaban por ahí.
Sin experiencia un hijo sería el que llevara adelante el proyecto y el resto colaboraría. Y así fue, el hijo mayor hizo su primera estructura sin haber hecho nada antes.

El cuento de la mesa.
Las patas se hicieron con restos de una cama cucheta o marinera, transformada en dos camas simples de una plaza cada una.
El problema fue decidir cómo hacer la tabla de la mesa.
Con cuatro listones de obra, unidos simplemente por el apoyo en la estructura, se cortaron a medida generando más sobrantes, pero se logró el objetivo: había mesa !!!
La tabla, los listones unidos, tendría espacios y las cosas podrían caerse aunque fuera muy finita la separación entre ellos. Se vió que la separación entre ellos serviría para limpiar migas, pero el resto de la familia no encontró sentido a la idea.
Había que ir al aserradero y comprar una tabla.
Y se fué, se compró y se colocó, dejando de lado los listones.
La tabla no se preparó por el apuro de tener la mesa -pintar para proteger de las lluvias por ejemplo con aceite de lino o un barniz marino- del exterior.
Poco a poco la tabla fue cediendo y lo que era una tabla enteriza había sido pedazos de madera unida y sellada. El tiempo hizo su trabajo y la tabla cedió. Pedacitos de lo que fuera una tabla se apilaron.
La estructura quedó sin tabla un invierno y luego otro, pero mientras tanto surgieron otras ideas como un fogonero para crear un espacio de encuentro alrededor del fuego para noches fresquitas con amigas y amigos.
La estructura de la mesa mientras tanto miraba, y seguro si pensara se estaría preguntando ¿para cuándo mi tabla?.
Al siguiente verano, de paso por el aserradero, una nueva tabla se compró con el mensaje por medio de tener una mayor resistencia.
Antes que nada, barnizar fue la primer tarea.
De la anterior experiencia se sacó la conclusión que no debía clavarse a la estructura, para hacer más fácil su transporte y para que no se rompa como la anterior, como dando espacio a la duda, de su duración en el tiempo.
Una noche de verano con la seguridad de no haber lluvias amanecío la mesa con su tabla puesta pero toda doblada; el sol había hecho su trabajo.
El cambiarla de la lado, de cóncavo o convexo, toda una clase de matemática, hizo prosperar la idea que durmiera bajo techo mientras la estructura -por su fortaleza- seguiría durmiendo fuera.
Y la idea de las tablas de obra, volvió a surgir. La diferencia de la primera vez fue que esas tablas ya eran un banco y hasta una biblioteca.
Y como todo cuento tiene una moraleja, la de éste sería, pensar antes de hacer, pensar antes de hablar, callar antes de arrepentirse de lo dicho.
Pero no dejo de decir siempre lo mismo: más vale arrepentirse por algo dicho o hecho, que arrepentirse por algo que no se dijo o no se hizo.
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