Un hombre, una mujer, un niño

Un hombre como una mujer o un niño tienen algo en común.

¿Qué puede ser?

La respuesta está en el punto de partida de la búsqueda.

¿Cuáles son los puntos de partida?

Son dos: el cuerpo y el alma. Es de lo que está compuesto todo ser humano.

Si el punto de partida se cuestiona es, simplemente, por que nos dejamos dominar por aquél que le conviene instalar la duda.

¿Y para qué instalar la duda?

Por que la duda trae confusión y en la confusión se saca provecho a que, tanto hombre como mujer, duden de sus orígenes.

Dudar de los orígenes es dudar de las creencias y ante la duda de las creencias, se deja de lado la luz de la FE.

La fe no es un derecho ni una obligación, es parte del ser, y puede estar encendida o apagada como una lámpara.

El creer, el aceptar, es la luz encendida de la lámpara.

Sólo el egoísmo rompe la la perilla del «creer». Es ahí donde el prójimo se confunde, y se deja de pensar en él, para pensar en el próximo logro personal.

La perilla de encendido de la fe, «el creer», se puede reparar. Solo basta con querer reparar, y así, la lámpara, volverá a dar luz, y más luz.

La lámpara, la fe, nunca se apaga, sólo se atenúa, por que algo impide que ilumine con todo su esplendor.

Y no sólo algo impide que ilumine, también puede ser alguien o un conjunto de personas.

Puede ser una o varias personas que muchas veces nos cuesta creer -o no se quiere reconocer- que sea la causante de la soledad.

Lic. Prof. César Grané

Nota: Manuscrito del 26 de Setiembre de 2022.


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